Elección
Al final, son todos nada más que ladrillos en la pared. Todo lo que va pasando.
El amontonamiento de los días y las frustraciones, las pesadillas y su mitad real. Los que te negaron un caramelo, un saludo; el pedazo que te quitaron; las verdades que te arrancaron, el odio que te inyectaron. Las veces que te mintieron o te despintaron la sonrisa de un solo baldazo de agua helada. Cuando te callaron por bocazas, por insolente o por miedo a que tuvieras razón. La gente que se fue mientras no podías ni lamerte las heridas; los puñales, las espaldas y las putadas que empezaron de a poco a ser la oración cotidiana de los que ya no creen en nada. Todo eso en la pared. Y adentro una, con más ladrillos cada día, tapando los espacios blancos, tapiando cada vez más alto el encierro, el entierro, en que no entra más que el día de hoy y sus horas, que terminan justo ahí, en los dedos de mis pies acurrucados en posición fetal.
Ya pasó el tiempo de arañar para salir, de trepar y resbalar dando el mentón contra cada ladrillo., de gritar Hey, you! y esperar del otro lado la voz de aliento, pegando su oído contra mi pared maltratada.
Afuera están los enormes jueces con cara de culo y decisiones inamovibles; afuera los caras-nada, listos para ser triturados como la carne inerte que los han convencido ser; y afuera también los palcos y los discursos emborracha conciencias, los desfiles y las botas, el futuro que promete más de lo mismo. Con tanto afuera, no dan muchas ganas de asomar la cabeza.
Ya pasó el tiempo de querer salir. El albañil de su propia pared se pone cómodo y trata de disfrutar del corto paisaje: desde sus ojos, bajando por su nariz que termina justo donde empiezan los ladrillos y su oscuridad sucia. Aquí te quedas ¿dónde, sino? No es como "el túnel oscuro y solitario" que no lleva a ninguna parte, no atraviesa nada, excepto, quizá, un poco a ti mismo, cuando hace frío o trae el viento el llanto de una guitarra desafinada.
Solamente queda estarse quietito, cerrar las cortinas, leer a Kafka o a Jean Paul, el filósofo que no temió decir la triste verdad. Queda cuidar el pequeño dominio, defender el terrenito como para que haya donde ponernos flores alguna vez (quién lo hará, me pregunto yo), guarecer la fortaleza aunque no haya ni un invasor tratando de tirarla abajo
¿Qué más se puede hacer con una pared? Cuidarla, nada más. Entonces, voy a tener que pedirte, por favor, que no la ensucies. Nada de grafittis sugerentes, del juego de pintarrajear a tu gusto lo ajeno y después salir corriendo sin dejar ni un nombre que pueda hacerse cargo de tanto perjuicio. No me escribas la pared, no me dejes mensajes en la heladera o el contestador: o te quedas a esperarme o te vas. dentro o fuera: este lado, mínimo y a mi lado, o aquel, vasto y repleto de jueces/culo y caras/nada. No sirve un pie de cada lado, el mundo y yo te necesitamos entero. Esta pared no aloja mitades, por eso aquí adentro no queda más que ser íntegros, firmes, llenos de lo de siempre.
Aquí o allá. La posibilidad de elegir, ahí está de nuevo, pero sabe amargo, ¿no? Así puesto, qué mal sabe...
Dedicado a una Bejarana que siempre se queda fuera